Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Visto desde el porche, el grupo de casitas de adobe aparecía como una pintoresca nota de color y de contraste en la desolación del inmenso valle. De cerca comprobábase que la distancia presta un gran encanto a las cosas. Eran unas viviendas viejas, destartaladas, en ruinas, miserables. Unas cuantas cabras trepaban por sus desmoronados muros; unos perros sarnosos y famélicos ladraron anunciando la visita; y luego hizo su aparición en enjambre de chiquillos, medio desnudos, indeciblemente sucios y astrosos, que, llenos de vergüenza, iban a retirarse, asustados. Pero unas palabras amables acompañadas de sonrisas ganaron su confianza y, los chiquillos siguieron a los expedicionarios, arrastrando a otros camaradas al pasar ante cada casa. Magdalena concibió al punto la idea de hacer algo en pro del mejoramiento de aquellos pobres mejicanos, y con tal objeto quiso visitar los interiores. Juzgando por el efecto que causó su presencia en la primera mujer que encontraron, imaginóse que la tomaban por una aparición ultraterrena. Mientras Florencia ejercitaba el escaso español que poseía, intentando «tirar de la lengua» a las mujeres, Magdalena escudriñaba los míseros aposentos con una sensación de náuseas que fue aumentando al pasar de una a otra vivienda. Jamás hubiera podido creer posible la existencia en América de semejante abyección. Las chozas eran nidos de podredumbre y de parásitos. Carecían en absoluto de agua, confirmando el aserto de Florencia de que aquellas gentes no se lavaban nunca. Había escasas señales de laboriosidad. Hombres y mujeres fumando cigarrillos, haraganeaban por doquier, unos silenciosos, otros charlando por los codos. Ni parecían contrariados por la visita de las americanas, ni mostraban la menor hospitalidad. Parecían estúpidos. En las casuchas reinaban constantemente las enfermedades; cuando se cerraban las puertas no había la menor ventilación, y aún con ellas abiertas Magdalena sentíase angustiada y deprimida. Un hedor violento llenaba aun los recintos menos sofocantes, hedor procedente, según explicó Florencia, de un licor que los mejicanos destilan de los cactos. La embriaguez general era manifiesta, una embriaguez terrible, inerte, que postraba a sus víctimas en un letargo de muerte.


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