Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Psch… poco más o menos lo que tú. Pero apuesta a que pronto sabremos algo, porque el caballo de Gene aprieta el paso al ventear el rancho.
La amplia hondonada, abierta en declive al pie de los cerros, aparecÃa sin obstáculo ante su vista, y Magdalena descubrió a menos de media milla al caballo, sin jinete, siguiendo a galope el blanco sendero.
Recordando las circunstancias en que le habÃa visto por vez primera, y su frenético galopar por las mal alumbradas calles de El Cajón, contemplóle pensando que jamás podrÃa recordar aquella estrellada noche de aventuras sin sentir escalofrÃos, y al observarle sintió algo más, que curiosidad. Un agudo y prolongado relincho rasgó los aires.
—¡Nos ha visto! —dijo Bill.
El animal, aproximándose a los corrales, desapareció por un sendero, y luego, recobrando su paso, atravesó como una tromba el recinto, deteniéndose casi en seco a unas veinte yardas de Stillwell.