Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Una simple ojeada a la clara luz del día bastó para que Magdalena le otorgase el lazo azul sobre todos los demás caballos, incluyendo a su triunfador White Stockings. El corcel del cowboy no era un esbelto y ágil potro, pero sí un caballo de batalla, de tremenda estampa, con un pelaje negro tenuemente moteado de gris, que relucía al sol como cristal pulido. Era manifiesto que había sido cuidadosamente almohazado para aquella ocasión, pues no tenía encima ni una mota de polvo, ni una maraña en la bellísima crin, ni una señal en el refulgente lomo.

—¡Ven acá, hijo del diablo! —dijo Stillwell.

El caballo bajó la testa, resoplando, y se acercó obediente. No era ni tímido ni indómito. Amistosamente, hociqueó a Stillwell, mirando luego a las mujeres y a Alfredo. Desenganchando los estribos del pomo de la silla, Stillwell los dejó colgar, examinando luego ésta en busca de algo que, al parecer, esperaba encontrar. En efecto, no tardó mucho en sacar de entre dos correas un plegado trozo de papel que, tras una ojeada, entregó a Alfredo.

—Va dirigido a ti, y apuesto dos reales que sé lo que dice —declaró.

Alfredo abrió el pliego, lo leyó y luego se quedó mirando a Stillwell.


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