Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste ParecÃale a Magdalena que la enfrentaba a un panorama demasiado sublime y terrible para su vista. La inmensidad de aquel mundo surcado por acentuadas lomas rojizas y hondos valles que se extendÃa a incalculables distancias, era tal que resultaba imposible abarcarlo con la mirada, causándole una especie de terror.
—Un dÃa, Majestad —dijo Alfredo—, al poco tiempo de mi llegada al Oeste, me sentà vencido y aniquilado…, determinando acabar de una vez. Ocurrióseme subir aquà buscando un lugar solitario para morir. Cuando vi todo esto, cambié de idea.
Magdalena callaba. En silencio dieron la vuelta a caballo por el borde de la mesa, hasta volver al punto de partida, al empinado portel. Al regreso, Florencia y Alfredo no consiguieron inducirla a galopar. La impresión habÃa sido demasiado profunda; sentÃase exaltada, confusa, y poco a poco fue recobrando la serenidad, aunque sin acertar a definir lo que habÃa ocurrido.