Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Eso fue! ¡Mujer, mujer, siempre tomáis la fruta prohibida! Flo dijo que lo harÃas al minuto de haber montado. Majestad, sabes montar un rato largo. Verás como Flo lo confirma.
Su prometida llegaba en aquel momento, arrebolado el rostro, que chispeaba de saludable gozo.
—¡Era un espectáculo digno de ser visto! ¡Cómo flameaba su cabello al viento! Al, tu hermana monta como una amazona. ¡Cuánto me alegro! TenÃa un cierto temor. ¡Y este caballo! ¿No os parece magnÃfico? ¿Corre o no corre?
Alfredo se puso a la cabeza por el empinado y serpenteante portel que conducÃa a la cumbre de la mesa. Magdalena vio una bella extensión cubierta de hierba corta, aplanada como un piso, y dejó escapar un grito de entusiasmo y de asombro.
—Al, ¡qué campo de golf! ¡SerÃa el mejor del mundo!
—Lo mismo he pensado yo —reconoció su hermano.
—El mayor inconveniente que le encuentro es que, absortos en la contemplación del panorama, nadie se acordarÃa de la pelota. ¡Mira, Majestad!