Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡MagnÃfica criatura! ¡Corre!
El tableteo de los cascos se hizo más perceptible y el maravilloso aumento de velocidad la hizo cerner en la silla. El aire herÃa sus mejillas, atronaba sus oÃdos, encrespaba su cabello. La gris llanura pareció salir a su encuentro, pasar a ambos lados con pasmosa rapidez. Florencia y Alfredo, por una extraña aberración óptica parecÃan venir hacia ella. Mas, a poco, vio que lo cierto era que Majesty les ganaba terreno, estaba a punto de tomarles la delantera. En efecto, pasó por delante de ellos con ligereza tal, que parecÃan estar parados. Y el animal siguió corriendo sin moderar su paso hasta llegar al pronunciado declive de la mesa, donde se detuvo.
—¡Maravilloso! —exclamó Magdalena. SentÃa la sangre correr con inusitado ardor en sus venas, y hasta el menor nervio de su cuerpo vibraba estremecido. Cuando pretendió atusarse el alborotado cabello sus manos temblaban, perdida su habitual destreza. Luego dio media vuelta, y aguardó a sus acompañantes.
Alfredo fue el primero en alcanzarla, riendo satisfecho, aunque algo inquieto en el fondo.
—¡Rayos malditos! ¡Cómo corre! ¿Se te desbocó?
—No; le hablé al oÃdo —replicó Magdalena.