Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Salió trotando del patio, cruzando los corrales para ganar el borde de una planicie gris, abierta y amplia, de varias millas de extensión hasta la vertiente de la mesa. Florencia llevaba la delantera, observando Magdalena que montaba como un cowboy. Alfredo se puso a su lado, dejando atrás a su hermana. Los delanteros emprendieron el galope; querÃan correr, y Magdalena experimentó un estremecimiento al pensar que si Majesty los imitaba difÃcilmente lograrÃa refrenarle. El animal tiraba de la brida al ver que los otros se alejaban y acabó poniéndose al galope. Florencia alargó el de su caballo y Alfredo invitó a su hermana a seguirlos. «Eso no vale. Me están dejando atrás», se dijo Magdalena, aflojando un tanto su brida. La acción tuvo consecuencias inmediatas. La joven sintió que algo ocurrÃa debajo de ella, si bien no podÃa precisar exactamente de qué se trataba, pues en sus ejercicios hÃpicos neoyorquinos no estaba comprendido el galope tendido como en la pampa. En la urbe, no era decoroso ni… prudente. AsÃ, cuando al sentir Majesty mayor libertad en el freno trocó el galope tranqueado, recio y sin ritmo, por el tendido, prodigiosamente suave y sin vaivenes. Magdalena tardó unos instantes en comprender lo que estaba ocurriendo. Pronto, sin embargo, advirtió que la distancia que la separaba de sus compañeros disminuÃa perceptiblemente. Asà y todo le llevaban mucha delantera. SentÃa en el rostro la continua y sostenida caricia del viento, y la sorprendÃa la facilidad con que se mantenÃa en la silla. Era una experiencia nueva. El mayor inconveniente que hasta entonces hallara en la equitación era la violencia de movimientos. Por vez primera sentÃa el azote del viento en el rostro, el rudo contacto de la crin del caballo, el boyante y acompasado vaivén del galope tendido. Aquello la escalofriaba, le encendÃa la sangre. De repente, sintióse vivir, palpitar, e, inspirada por un espontáneo impulso, cedió aún más la brida e, inclinándose sobre el cuello del animal, gritó: