Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Majesty, ven! ¡Qué raro suena asà el nombre! Hemos de ir conociéndonos. Ahora tienes un nuevo dueño, una severa propietaria que exigirá de ti lealtad y obediencia, y algún dÃa, después de un perÃodo decoroso, querrá un poco de afecto.
Magdalena paseó el caballo de un lado a otro, encantada de su mansedumbre. Pronto advirtió que no era preciso llevarle de la brida. AcudÃa a su llamada, siguiéndola como un perro, restregando el aterciopelado morro contra ella. A veces, cuando en el curso del paseo daba media vuelta, engallaba la cabeza y con las orejas aguzadas miraba al portel por donde habÃa venido, al pie de los cerros, y allende la pampa. Alguien estaba llamándole quizá del otro lado de las montañas. Magdalena lo quiso todavÃa más por ese recuerdo, y compadecióse del descarriado cowboy que se habÃa separado de su único bien por un exceso de cariño hacia el mismo.
Por la tarde, cuando Alfredo puso sobre el ruano a Magdalena, ésta creyó hallarse suspendida en el aire.
—Daremos un galope hasta la mesa —dijo su hermano, montando a su lado—. Llévale sujeto de la brida, y afloja cuando quieras ir más aprisa. Pero no le grites al oÃdo si no quieres que Florencia y yo te veamos desaparecer en el horizonte.