Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Y que lo digas! —exclamó su hermano—. Flo sabe algo de eso. Es la única persona a quien Gene permitió montarlo, fuera de esa muchacha mejicana, Bonita, que, según piensa Bill, lo utilizó para escapar de El Cajón la otra noche. En fin, Majestad… ¿qué decides? ¿Lo aceptas?
—Desde luego, y con verdadera alegrÃa. Si no me engaño, Al, me dijiste que el señor Stewart le habÃa puesto por nombre… mi apodo, el nombre que halló en el diario neoyorquino.
—SÃ.
—Bien. No pienso cambiárselo; pero ¿cómo me las compondré para montarlo? Es más alto que yo. ¡Qué gigante! ¡Oh! ¡Mira…! ¡Mira cómo hociquea mi mano! Se dirÃa que comprende lo que digo. ¿Has visto alguna vez una cabeza tan espléndida y unos ojos tan bellos?… Son grandes y profundos y dulces… y humanos. ¡Oh, qué tornadiza soy! ¡Ya me estaba olvidando de White Stockings!
—Apuesto a que te hará olvidar a cuantos caballos has conocido —dijo Alfredo—. Tendrás que encaramarte a él desde el porche.
No yendo vestida para montar, Magdalena no quiso intentarlo.