Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Amigo Al: Te envío el caballo porque me falta valor para llevármelo adónde voy. Podría sufrir algún daño o caer en manos extrañas. Si te parece bien, ofréceselo a tu hermana con mis respetos.
Si no apruebas la idea o si ella no lo acepta, quédate con él. Aunque nunca lo demostré, no olvido tus bondades para conmigo. Mi caballo, Al, no sabe lo que es una espuela o un látigo, y me complace pensar que tú no lo maltratarás. Ella lo tratará bien y puede cuidarlo como se merece. Y si mientras llega la bala mejicana que me quite de en medio, llevo en la mente la imagen de tu hermana montada en mi caballo… no creo que eso motive en ti ningún desagrado. No es preciso que ella lo sepa.
Sea dicho entre tú y yo, Al, pero no permitas que ni ella ni Flo cabalguen solas por tierras de don Carlos. Si tuviera tiempo te diría unas cuantas cosas acerca de ese zorro mejicano. Dile a tu hermana que si yendo montada en el ruano tiene alguna vez necesidad de escapar de algo o de alguien, bastará que se incline hacia delante y le grite en la oreja. Ganará en celeridad al viento. Adiós.
Gene Stewart.
Pensativa, Magdalena dobló la carta murmurando:
—¡Cómo debe de querer a ese caballo!