Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señorita Majestad, lo aceptarÃa al momento. Y eso que la idea de dejar esto me acongoja. SerÃa lo bastante idiota para invertir el precio de la venta en otro rancho.
—¿QuerrÃan vender sus terrenos don Carlos y los mejicanos?
—¡Ya lo creo! El hidalgo lleva dos años friéndome la sangre para que le compre su hacienda; y los vaqueros del valle caerÃan de espaldas al ver un poco de dinero.
—Señor Stillwell, ¿quiere usted decirme qué harÃa usted aquà exactamente, si tuviera carta blanca? —prosiguió Magdalena.
—¡Santo Dios! —exclamó el ranchero, tan sorprendido cine dejó escapar la pipa de entre los dientes. Luego, la llenó de nuevo con sus dedazos, exhaló densas bocanadas de humo, y arrellanándose con las manos sobre las rodillas, miró a Magdalena con penetrante intensidad. Su rÃgido rostro empezó a ablandarse, a dulcificarse y a contraerse en una sonrisa.