Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El sol abrileño bañaba el verdeante otero que parecía abrigarse en la falda del cerro, y concentraba sus rayos en la alquería, que aparecía blanca y rutilante desde la cima. Los alrededores de la vivienda no tenían semejanza alguna con los jardines del Este o con sus parques; no se había pretendido crear arriates. Stillwell se limitó a llevar a la cumbre del otero agua, césped, flores y plantas, dejándolas allí para que la naturaleza hiciese lo demás. Su idea pudo haber sido tosca, pero el resultado fue espléndido. Bajo aquel ardiente sol y fragante brisa, y con agua abundante filtrando a diario en sus ricas entrañas, el feraz suelo se cubrió pronto de un verde tapiz, tachonado por doquier de flores multicolores; pálidas flores silvestres, lindas margaritas, frágiles campánulas, lirios blancos de cuatro pétalos como las oxiacantas del Este y amapolas doradas, de un tono profundo de puesta de sol, color del Oeste, crecieron en afortunada confusión. Rosas de California de color de sangre, se balanceaban a impulsos del céfiro, temblorosas con la carga de ávidas abejas. En los trechos desnudos, aislados, recibiendo los rayos de sol con toda su potencia, flameaban los capullos anaranjados y granates de los cactos.