Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena Hammond tenÃa el convencimiento de que la transformación que habÃa hecho sufrir a la vetusta casa y a las gentes de quienes se habÃa rodeado, con ser muy grande, carecÃa de importancia al compararla con la sufrida por sà misma. HabÃa hallado un objetivo en la vida. Estaba ocupada, trabajaba con sus manos a la par que con su mente, y, sin embargo, disponÃa de mayor tiempo para leer, para pensar, para estudiar, acaso para soñar también. Su hermano, libre del agobio de sus dificultades, estaba en camino de prosperar y de alcanzar un triunfo que era su ideal. Magdalena demostró ser un concienzudo estudiante del arte de ranchear y una apta discÃpula de Stillwell. El veterano ganadero, y su simplicidad, reservóle en su corazón el lugar que hubiera ocupado una hija. SentÃase tan enorgullecido de ella, pensaba Magdalena, que el caso rayaba en lo inverosÃmil y era imposible expresarlo con palabras. Bajo su dirección, acompañada a veces de Alfredo y Florencia, Magdalena habÃa recorrido las pampas estudiando sobre el terreno la vida y las faenas de los cowboys. HabÃa acampado al raso, dormido bajo las estrellas y cabalgado cuarenta millas en un dÃa con el viento de cara y el polvo por doquier. HabÃa efectuado dos maravillosas travesÃas por el desierto —la una a Chiricahua—, y de allÃ, cruzando el yermo de arena, roca, álcali y cactos, a la divisoria mejicana; y la otra a través del Valle de Aravaipa, con sus cañones de rojizas escarpas y selváticas profundidades.