Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Las habitaciones de Magdalena ocupaban el ala Oeste del edificio y eran cuatro en número, abriéndose todas sobre el largo porche. Había un pequeño aposento para su doncella, otro que utilizaba como despacho, luego su dormitorio, y, finalmente, la vasta pieza soleada que desde el primer momento la había cautivado y que ahora, sencilla aunque primorosamente amueblada y conteniendo sus libros favoritos y sus cuadros, amaba como jamás pudo amar aposento alguno en el Este. Por las mañanas la fragante y balsámica brisa hacía ondear las blancas cortinas de las ventanas abiertas; con el bochorno del mediodía una quietud lánguida y placentera parecía invadir la estancia, invitando a la siesta que tan característica era en la comarca; por las tardes el sol en su ocaso asomaba sus postreros rayos bajo las arcadas del porche, pintando en los muros amplias barras doradas que poco a poco se tornaban rojas.