Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Pensaba a veces de qué modo sus padres, su hermana, sus amistades se habían persistentemente negado a creer que pudiera o quisiera quedarse en el Oeste. Sus requerimientos instándola a que regresara eran continuos. Por su parte, cuando escribía, lo que llevaba a cabo con filial regularidad, ni por asomo pensaba en mencionar el cambio experimentado. Aseguraba, desde luego, su propósito de volver al Este algún día, a hacerles una visita, y el anuncio provocaba respuestas que divertían a Magdalena, y a veces la entristecían. Proyectaba ir al Este una temporada, y luego un par de veces al año, pero ella retrocedía ante esta fácil iniciativa. El regreso entrañaba explicaciones, y éstas serían incomprendidas. Los negocios de su padre eran tales que él no podía abandonarlos todo el tiempo que un viaje al Oeste requería, razón por la que, según su carta, no había ido a verla. La señora Hammond era incapaz de atravesar el río Hudson; la idea que tenía de la vida americana del Oeste era que los indios cazaban búfalos en las afueras de Chicago. Elena, la hermana de Magdalena, manifestaba desde tiempo atrás vehementes deseos de visitarla, no tanto, pensaba la joven, por fraternal afecto cuanto por femenil curiosidad. Finalmente, Magdalena creyó que la mejor forma de exteriorizar su intención de romper todo lazo permanente sería dejando que parientes y amigos vinieran a visitarla antes de efectuar ella su viaje al Este. En consecuencia, invitó a Elena al rancho para cuando llegase el verano, incluyendo en la invitación a cuantas amistades quisieran acompañarla.


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