Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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La joven comparaba la transformación sufrida por aquellas tierras y por aquellas gentes con la experimentada por su propio corazón. Acaso fuera fantasía, pero a su juicio el sol tenía más fulgencia, el cielo era más azul, la brisa más perfumada. Y ciertamente no eran hijos de su imaginación ni el verde intenso de la hierba, ni la orgía multicolor de las flores, ni el rielar del lago, ni el aleteo de las nacientes hojas. Al monótono gris de antaño había sustituído una infinita variedad de colores; al silencio continuo, una armonía de cantos durante los soleados días. De las herbáceas lomas llegaba el relincho de los arrogantes sementales. Pájaros sin cuento habían hecho sus nidos en la arboleda, y, como los migratorios ánades remoloneaban para marchar. El canto de las alondras, del mirlo y del petirrojo, familiar a Magdalena desde su infancia, se confundía con el nuevo y extraño trino del estornino, el penetrante gañido del águila del desierto y el melancólico arrullo de la tórtola.

Una mañana de abril, Magdalena, sentada en su despacho batallaba con un problema. A diario se le presentaban problemas que resolver, la mayoría anejos al gobierno de veintisiete incomprensibles cowboys. El particular problema de aquel día era Ambrosio Mills, que acababa de escaparse con su doncella francesa, Christine.

Stillwell afrontó a Magdalena, sonriendo:


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