Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Bueno, señorita Majestad, conseguimos atraparlos, pero… ya los había casado el padre Marcos. Nos dimos una carrera en el automóvil, que me dejó sin resuello… para nada. Le aseguro que Link Stevens ha perdido la chaveta con ese coche. Ya cuando andaba entre caballos tenía poco juicio… No le teme ni al mismísimo demonio. Si yo no tuviese ya el pelo cano, a estas horas sería como la nieve. ¡No me volverán a meter en ese trasto! Bueno. Pescamos a Ambrosio y a la muchacha cuando ya era tarde, pero así y todo, nos los hemos traído con nosotros y están ahí fuera, acaramelados como tórtolos y nada sonrojados de su vergonzosa conducta.

—Stillwell, ¿qué debo decirle a Ambrosio? ¿En qué forma le castigaré? Ha obrado muy mal engañándome así. Fue una sorpresa inconcebible. Christine no parecía interesarse por Ambrosio más que por cualquier otro cowboy. Mi autoridad queda muy malparada si no hago algo. Stillwell, tiene usted que ayudarme.

Siempre que se hallaba en un trance apurado Magdalena recurría al veterano. Pocos hombres desempeñaban un cargo con mayor orgullo que Stillwell, aunque se había visto en situaciones que requerían notable dosis de humildad. Verdaderamente perplejo se rascó la cabeza.


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