Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Maldito enredo! ¿Qué diablo tendrá que ver el amor con la crÃa de ganado? Yo no entiendo más que de eso. Señorita Majestad, es sorprendente el cambio que han sufrido estos cowboys. En mi vida habÃa visto personal como el que tenemos ahora. No sé donde estoy. Visten como figurines, leen libros, y hasta algunos de ellos han dejado de blasfemar y de beber. No es que diga eso en menosprecio suyo, al contrario. Es el plantel de hombres mejor que he visto o soñado para habérselas con una vacada. Pero el gobernarlos es superior a mis fuerzas. Cuando un cowboy empieza a jugar al golf y a escaparse con doncellas francesas, Stillwell no tiene más que presentar su dimisión.
—¿Stillwell? ¡Oh! ¿No pensará en abandonarme? ¿Qué podrÃa yo hacer sin usted? —exclamó Magdalena profundamente alarmada.
—Bueno, señorita Majestad, marcharme, lo que se dice marcharme…, no lo haré. No haré nunca tal cosa. Seguiré cuidándome del ganado y de los caballos y demás haberÃo. Mas necesito un capataz que se vea con ánimo de gobernar a ese extraño manojo de cowboys.
—Lleva usted ya probada media docena de capataces. Siga hasta dar con el que le convenga —dijo Magdalena—. Eso no tiene importancia. DÃgame ahora cómo impresionar a Ambrosio…, hacer con él un escarmiento, por decirlo asÃ. Necesito otra doncella, y… a ser posible que no me la arrebaten de tan sumario modo.