Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Si trae aquà caras bonitas, no espere usted otra cosa. Esa francesita de ojos negros y blanca piel, con sus remilgos, sus sonrisas y sus ademanes, traÃa de cabeza a los cowboys. La que venga será peor.
—¡Válgame Dios! —suspiró Magdalena.
—Y en cuanto a impresionar a Ambrosio…, tal vez podré decirle una manera. AtÃcele de lo lindo, anunciándole su propósito de ponerle en la calle. No solamente impresionará a Ambrosio, sino a todos los demás.
—Muy bien, Stillwell. Tráigame a Ambrosio y dÃgale a Christine que me espere en mis habitaciones.
A presencia de Magdalena compareció un campechano y apuesto cowboy. La excitación habÃa hecho desaparecer su habitual cortedad y torpeza. A todas luces sentÃase feliz. Miró a Magdalena cara a cara, con un aire que parecÃa esperar de labios de ella una felicitación, y en realidad Magdalena hubo de reprimirse para no expresarla. Contúvose, aunque abrigando un cierto temor de fracasar. Con Ambrosio habÃa entrado en la estancia algo cálido y grato como una fragancia.
—Ambrosio, ¿qué ha hecho usted? —preguntó.