Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señorita Hammond… pues… he ido y me he casado —replicó el culpable, atropellándose las palabras en sus labios. Sus pupilas refulgÃan, y las afeitadas mejillas tiñéronse de un vivo color encendido—. Les he ganado de la mano a los demás. Frank Slade me pisaba los talones, y el mantener a Jim Vella a distancia me costó no poco. Hasta al viejo Nels le caÃa la baba viendo a Christine. Por eso no quise correr más albures. Me la llevé a El Cajón y… nos casamos.
—SÃ; eso he oÃdo decir —dijo lentamente Magdalena, observándole—. Ambrosio…, ¿la quiere usted de veras?
El muchacho enrojeció bajo la serena mirada de Magdalena, bajó la cabeza y quedóse manoseando su sombrero nuevo. Su respiración era claramente perceptible. Magdalena vio cómo temblaban las poderosas manos. Le afectó de extraño modo el que aquel cowboy que podÃa lacear, barbear y herrar a un novillo salvaje en menos de un minuto, se demudase, temblando ante una simple pregunta. De pronto Ambrosio levantó la cabeza, y el bello fulgor de su mirada obligó a Magdalena a desviar la suya.