Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —SÃ, señorita Hammond, la quiero de veras —dijo—. Creo poder afirmar que la amo tal y como usted supone. Sé que cuando la vi por primera vez pensé en seguida cuán magnÃfico serÃa el tener a una muchacha asà por esposa. Ha sido tan… tan raro todo…; su llegada…, los sentimientos que me inspiró… He conocido muy pocas mujeres y he pasado años sin ver ninguna…; pero ¡cuándo ella vino!… Es prodigioso el cambio que produce una muchacha en el modo de sentir y de pensar de un hombre. Antes… no sentÃa ni pensaba; cuando menos en la forma de ahora. Yo… bueno…, yo creo que empiezo a comprender lo que significa la bendición del padre Marcos.
—Ambrosio, ¿eso es todo lo que tiene usted que decirme? —insistió Magdalena.
—Lamento no haber tenido tiempo de prevenirla, pero… corrÃa prisa.
—Y, ¿qué piensan ustedes hacer? ¿Adónde iban cuando les alcanzó Stillwell?
—Acabábamos de casamos. Aún no habÃa podido pensar en nada. Supongo de todos modos que habrÃa vuelto a mi faena. Ahora tendré que trabajar de firme y ahorrar dinero.
—¡Oh!… Celebro que comprenda usted sus responsabilidades, Ambrosio. ¿Gana usted lo suficiente?… ¿Es bastante su salario para sostener a su esposa?