Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Ya lo creo! No habÃa ganado nunca la mitad de lo que ahora, señorita Hammond. El trabajar para usted es canela. Voy a arrojar de mi alojamiento a los compañeros, y a acondicionarlo para Christine y para mÃ. ¡Y no tendrán poca envidia!
—Ambrosio…, le… felicito. Enhorabuena —dijo Magdalena—. Haré… haré… a Christine un pequeño regalo de boda. Quiero hablar un momento con ella. Puede usted retirarse.
Le hubiera sido imposible a Magdalena decir una palabra de reproche a aquel enamorado cowboy. Experimentaba cierta dificultad en ocultar su propia satisfacción ante el giro de los acontecimientos. El interés y la curiosidad se mezclaban a su contento cuando llamó a Christine.
—Haga usted el favor de venir, señora Mills.
Del aposento contiguo no salió ruido alguno.
—Me gustarÃa mucho ver a la desposada —insistió Magdalena.
Silencio.
—¡Christine!