Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Fue como si sobre la joven se abatiese de improviso un torbellino de pies y manos y de ojos suplicantes. Christine era pequeña y regordeta, muy avispada, de piel blanca y cabello intensamente oscuro. Hacía varios años que era la doncella favorita de Magdalena y entre ambas reinaba un sincero afecto. Si Ambrosio había demostrado una feliz ignorancia de su transgresión, era evidente que Christine se daba perfecta cuenta de ella. Su remordimiento, su temor, y su apasionada demanda de perdón se traslucían en su incoherente discurso. Era palmario que la francesita se había quedado anonadada. Tan sólo después que Magdalena la hubo tomado entre los brazos, perdonándola y acallando sus temores, pudo explicar su participación en la precipitada escapada. Christine parecía aturdida, pero gradualmente, hablando y viendo que se la perdonaba, fue recuperando hasta cierto punto la perdida calma, y narró una historia que divirtió y sobresaltó a Magdalena. El inequívoco, tímido y maravilloso amor de que la propia doncella apenas se daba cuenta, causóle a Magdalena regocijo y consuelo. Si Christine amaba a Ambrosio, el mal no era irreparable. Contemplando a la muchacha, observando sus ojos, que reflejaban fielmente sus pensamientos, escuchando las frases con que intentaba explicar lo que evidentemente ella misma no comprendía, Magdalena dedujo que el hombre de las cavernas al apropiarse de una mujer, el bárbaro raptando a alguna de las Sabinas, eran los antepasados de Ambrosio Mills, pues éste había obrado con similar violencia. Cómo el hecho se había producido no podía explicárselo Christine.