Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Cuando se hubo marchado, confortada ya y ansiosa de reunirse con Ambrosio, la expresión de su mirada y sus palabras siguieron obsesionando a Magdalena. Parecía haber caído sobre aquella bendita tierra un conjuro romántico. En Magdalena, un indecible encanto, una indecible emoción combatían su repugnancia por el violento e improcedente sistema de galanteo de Ambrosio. Algo que no podía definir se alzaba en armas contra su intelectual censura de la forma de procurarse esposa del cowboy. Éste había dicho de buenas a primeras que amaba a la muchacha…, le había propuesto casarse con él…, la besó…, la abrazó…, la montó a la grupa de su caballo…, galopó con ella toda la noche… y la hizo su esposa. Fuera cual fuera el punto de vista desde el que Magdalena examinara la cuestión, acababa siempre volviendo a su impresión primera; el hecho la conmovía, la encantaba. Ello estaba en pugna con todos los preceptos de su educación; sin embargo, era espléndido y magnífico. A su juicio, era como un nuevo velo que caía de sus enturbiados ojos.
Apenas había reanudado su ocupación ante el escritorio cuando el poderoso paso de Stillwell en el porche la vino a interrumpir. Esta vez el veterano ofrecía un aspecto que era casi el de un histérico: hacíase difícil decir si pugnaba por reprimir la alegría o el dolor.