Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El padre, juntando las manos, las elevó como si rogara por su vida, y empezó a hablar atropelladamente en español. Magdalena no comprendía el idioma. El cowboy sacó un descomunal revólver, blandiéndolo ante el rostro del sacerdote. Luego, lo inclinó como para apuntar a los pies del religioso. De repente surgió un fogonazo, seguido de una atronadora detonación que aturdió a la joven. La estancia se llenó de humo y de olor a pólvora. Magdalena ni se desmayó ni cerró los ojos, pero sintióse como atenazada por una fría garra. Cuando se disipó la humareda, vio con inmenso alivio que el cowboy no había herido al padre. Sin embargo, continuaba blandiendo el arma, mientras empujaba su víctima hacia ella. ¿Cuál podía ser la intención del embriagado sujeto? Indudablemente se trataba de alguna estratagema de cowboy. Ella tuvo un vago y fugaz recuerdo de las primeras cartas de Alfredo en que describía las extravagantes chanzas de los cowboys. Luego, rememoró vívidamente una patética película que había visto… de unos cowboys que hicieron una monstruosa jugarreta a una infeliz y solitaria maestra de escuela. No bien hubo pensado esto, Magdalena persuadióse de que cuanto ocurría era el medio adoptado por su hermano para iniciarla en las diversiones propias del turbulento Oeste. Costábale dar crédito a ello, pero así debía de ser. La inveterada afición de Fred a hacerle víctima de sus bromas podía extenderse hasta semejante ultraje. Probablemente se hallaría afuera, detrás de la puerta o junto a la ventana riéndose de su embarazosa situación.