Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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La ira aminoró su pánico. Con toda la compostura que le permitía esta sorpresa, se puso de pie y dirigióse hacia la salida. Pero el cowboy le cerró el paso, asiéndola por los brazos. Magdalena comprendió entonces que su hermano era por completo ajeno a aquella indignidad. No se trataba de ningún bromazo. Era algo de veras, algo que estaba ocurriendo y que constituía para ella Dios sabe que amenaza. Intentó desasirse, roja de ira al tener que forcejear con aquel bruto. Dignidad, compostura, educación…, todos los hábitos de carácter adquiridos cedieron ante el instinto de defensa. De constitución atlética, luchó y forcejeó desesperadamente; pero él, con sus manos de acero obligóla a ceder. Jamás habría supuesto que un hombre pudiera ser tan forzudo. Mas no fue esto, sino la sonriente y fría expresión del semblante de aquel desconocido, la paralizadora extrañeza de su conducta, lo que hizo flaquear a Magdalena hasta obligarla a sentarse, trémula, en la banqueta.

—¿Qué… significa… esto? —preguntó jadeante.

—Ceda un poco la brida, querida —replicó el alegremente.



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