Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena pensó estar soñando. Le era imposible coordinar sus ideas. Los hechos se habían sucedido con demasiada rapidez y eran demasiado terribles para poder explicárselos. Sin embargo, ella no sólo veía a este hombre, sino que notaba su poderosa presencia. Y el tembloroso sacerdote, la azulada humareda, el acre olor de la pólvora… no eran tampoco irreales.
De pronto, ante sus ojos brilló otro deslumbrante fogonazo, y junto a sus oídos sonó otro disparo. Sin fuerzas para mantenerse en pie se dejó caer sobre el asiento. Sus turbadas facultades sentíanse manifiestamente incapaces de comprender lo que ocurrió en los momentos sucesivos; no obstante, logró rehacerse lo suficiente para poder oír como en una pesadilla la voz del padre pronunciando palabras incomprensibles para ella. Cesó esta voz, y entonces vino a turbarla la del cowboy.
—Señora, diga: Sí… Sí… ¡Dígalo pronto…! ¡Sí!
Por pura sugestión, por una fuerza irresistible en aquellos instantes en que estaba dominada por el pánico, ella repitió la palabra.
—Y ahora, para que podamos terminar esto en una forma decorosa… ¿cómo se llama usted?
Obedeciendo maquinalmente, la muchacha pronunció su nombre.