Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Él se la quedó mirando, como si el nombre hubiese despertado recuerdos en su mente un tanto turbada, bamboleándose sobre las inseguras piernas. Magdalena oyó la violenta expulsión de su aliento, una especie de soplido, frecuente en los beodos.
—¿Qué ha dicho? —preguntó.
—Magdalena Hammond. Soy la hermana de Alfredo Hammond.
El cowboy se llevó una mano a los ojos como si tratase de disipar imaginarias telarañas. Se acercó a ella, y con la mano, ahora algo temblorosa, quiso levantar su velo. Antes, empero, de que pudiese tocarlo ella misma se lo echo atrás descubriendo el rostro.
—¿Es… usted… Majestad Hammond?
¡Qué extraño —más extraño que todo cuanto le habÃa ocurrido hasta entonces— fue el oÃr aquel nombre de labios de un cowboy! Era un apodo por el cual se la conocÃa familiarmente, aunque sólo los seres más allegados a ella y más queridos gozaban del privilegio de usarlo. Al oÃrlo aviváronse sus embotados sentidos, y haciendo un esfuerzo recobro el dominio sobre sà misma.
—¿Usted es Majestad Hammond? —repitió, más bien afirmándolo sorprendido que preguntándolo.
Magdalena se puso en pie encarándose con él.
—SÃ; yo soy.
El cowboy enfundó su revólver.