Bajo el cielo del oeste

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A pesar de las protestas de Magdalena, Stillwell se mantuvo firme en lo que juzgaba de una prudencia elemental. La joven había procedido varias veces en contra de sus consejos, siempre con lamentables resultados. No osaba, por tanto, repetir la suerte, y se resignó graciosamente y con sumiso regocijo a su tarea. Jim Bell fue introducido en la clara e impecable cocina, donde Magdalena compareció poniéndose un delantal y arremangándose los brazos. Explicó el uso y razón de las varias partes de aluminio que constituían la amasadora y luego afianzó el aparato en la tabla de la mesa. A juzgar por el absorto interés de Jim y su afán de que le fueran explicados los más mínimos detalles y particularmente el manejo del manubrio, dependía de ello su propia vida. Cuando Magdalena tuvo que cogerle por tres veces la mano para guiar los movimientos del sencillo mecanismo, sin lograr que lo entendiera, empezó a concebir vagas sospechas de su absoluta sinceridad. Adivinó que, mientras ella le tocase con la mano, no lo aprendería nunca. Luego, al preparar la harina, la leche, la manteca y la levadura, observó con desespero que Jim no prestaba la menor atención a tan útiles ingredientes, teniendo en cambio los ojos clavados en ella.

—Jim, tengo mis dudas respecto a usted —dijo severamente Magdalena—. ¿Cómo puede aprender si no se fija en lo que hago?

—La estoy mirando —replicó inocentemente Jim.


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