Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Sí; le encontré —replicó, cuando fue preguntado—. Le encontré sereno, a medias. Había estado libando de lo lindo la noche antes, y alguien debió meterle en la cama. Cuando vio al ruano, soltó un berrido y le echó los brazos al cuello. El caballo le reconoció en seguida. Gene, abrazaba al jaco llorando…, llorando como no he visto llorar a nadie. Esperé un rato y estaba a punto de decirle algo, cuando se volvió hacia mí con los ojos echando lumbre. «Nels —dijo—, mucho quiero a este caballo y a ti también te aprecio, pero si no te lo llevas más que aprisa, os pego un tiro a los dos». Bueno…, tuve que marcharme. Luego recordé que no me había despedido de él.

—Nels… ¿cree usted inútil… intentar verle…, persuadirle? —preguntó Magdalena.

—Así lo creo, señorita Hammond —replicó gravemente Nels—. En mis buenos tiempos he visto no pocos cowboys comportándose como si les hubiera picado una tarántula o una «cascabel», pero Gene Stewart les da ciento y raya… Al paso que va…

Magdalena despidió a Nels, pero antes de que estuviese fuera del alcance de su oído le oyó decir a Stillwell que esperaba en el porche:


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