Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Por esta causa, cuando Magdalena anunció su decisión de ir a Chiricahua acompañada de Nels, replicó éste con marcado disgusto que preferirÃa ir detrás a caballo. Logró ella vencer, sin embargo, su vacilación, y con Florencia emprendieron la jornada. El camino del valle extendÃase durante millas y millas sobre una superficie lisa, resistente y algo en declive. Y cuando el ir de prisa no entrañaba ningún peligro, Magdalena no se oponÃa a ello. La verdeante llanura huÃa hacia atrás, en tanto que el diminuto punto lejano en el valle iba aumentando por momentos. De vez en cuando, Link miraba por encima del hombro al desventurado Nels, cuyas pupilas revelaban su turbación y cuyas manos aferrábanse nerviosamente al asiento. No parecÃa respirar a gusto sino cuando el coche aminoraba la marcha para salvar los trechos pedregosos. Y cuando por fin se detuvo en la amplia y polvorienta calle de Chiricahua, el primero en bajar con alacridad fue Nels.
—Esperaremos en el coche mientras usted da con Stewart, Nels —dijo Magdalena.
—Señorita Hammond, sospecho que al vernos, Gene echará a correr, si puede —replicó Nels—. Iré en su busca y por el camino pensaré lo que más conviene hacer.
Atravesó la lÃnea férrea, desapareciendo tras las bajas casas achatadas. A poco reapareció dirigiéndose a buen paso hacia el coche.