Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena notó su sagaz mirada escrutando su rostro.
—Señorita Hammond, le encontré —dijo Nels—. DormÃa. Le desperté. Está… sereno y la herida es de poca importancia; pero… no creo prudente que usted le vea. Acaso Florencia…
—Nels, quiero verle yo misma. ¿Por qué no? ¿Qué dijo al saber que estaba yo aqu�
—Me guardé mucho de decÃrselo. Entré y dije: «¡Hola, Gene!», y él que contesta: «¡Gran Dios! ¡Nels! ¡Y poco que me alegro de ver a un ser humano!». Me preguntó quién venÃa conmigo y le dije que Link y algunos amigos. Luego, cuando anuncié que volverÃa con ellos, empezó a dar voces; pero… salà con esa idea. Si en realidad quiere usted verle, señorita Hammond, es un buen momento, aunque… la situación es delicada y el aspecto de Gene le causará mala impresión. Los pelones se han portado bien con él, pero… son como Dios los ha hecho…
Magdalena no vaciló ni un instante.
—Gracias, Nels. Vamos allá. Ven tú también, Florencia.
Abandonaron el coche, ahora rodeado de boquiabiertos chiquillos, y atravesaron la estrecha callejuela de rojizas paredes de adobe. Luego, Nels se detuvo ante la entrada de lo que parecÃa ser un pasadizo inmundo, internándose entre los edificios.