Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Gene está aquÃ; luego de doblada la primera esquina, hallará un patio abierto y soleado. Señorita Hammond, si usted no dispone otra cosa, no iré más lejos. Opino que Stewart no querrá que haya nadie presente en la entrevista con ustedes.
Entonces fue cuando titubeó Magdalena, y echó a andar lentamente. No se le habÃa ocurrido pensar en lo que pudiera sentir Stewart al verse súbitamente sorprendido por su presencia.
—Florencia, espérame aquà —dijo desde el umbral, entrando sola.
Se halló en un destartalado patio, cubierto de paja y residuos de todas clases, bañados por el sol. Sentado en un banco, de espaldas a ella, un hombre miraba por entre las grietas de la pared. No la habÃa oÃdo entrar. El recinto no estaba tan desaliñado ni tan sucio como los pasajes que Magdalena habÃa tenido que atravesar para llegar a él. Se dio cuenta de que debÃa haberse utilizado como corral. Una rata atravesó audazmente de un lado a otro. El aire estaba plagado de moscas que el hombre ahuyentaba con lánguida mano. Magdalena no reconoció a Stewart. La parte visible de su rostro aparecÃa ennegrecida, hinchada, cubierta por la barba. Las andrajosas ropas estaban en desorden. Los caÃdos hombros revelaban un profundo desaliento. El conjunto era de infinito desespero. Magdalena adivinó en parte la razón de la repugnancia de Nels en presenciar la entrevista.