Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Sus respuestas fueron dadas con voz ronca y furiosa. Desconcertada, Magdalena hizo una pausa, buscando una forma de proseguir. Stewart se apartó del muro, y, tambaleándose, dejóse caer sobre el banco, hundiendo el rostro entre las manos. Sus ademanes, como sus palabras, eran violentos.
—¿Quiere usted hacer el favor de marcharse? —repitió.
—Si insiste usted en ello, Stewart, no tendré otro remedió. Mas ¿por qué no escucharme cuando tan sinceramente deseó ayudarte? ¿Por qué?
—Soy un maldito caballa —exclamó fuera de s×. Pero en otro tiempo fui un caballero, y no he caÃdo tan bajo que no advierta la ignominia de que me vea usted aquÃ.
—Cuando resolvà tenderle la manó lo hice sin preocuparme del sitió en que podÃa hallarle. Stewart, venga usted. Venga con nosotros al rancho. Ahora está en un mal momento. Lo ve todo negro. Pero eso pasará. Cuando se halle de nuevo entre sus camaradas se restablecerá; volverá a ser el que era. El solo hecho de haber sido un caballero y de proceder de excelente familia, le impone mayores obligaciones hacia sà mismo. ¡Está usted en plena juventud! ¡Es vergonzoso que malgaste asà su vida! ¡Venga conmigo!
—Señorita Hammond —replicó desalentado—. Ha sido mi última jugada. Ahora ya es demasiado tarde.