Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Su fiereza, su hosquedad, se habían trocado en acerba amargura, y Magdalena sintió que empezaban a faltarle energías para resistir su extrañó y glacial propósito. Indudablemente se consideraba perdido. Sin embargó, cuando iba a dar el primer pasó en retirada… la detuvo algo. Se dio cuenta de un curioso y sutil cambió en sus propios sentimientos. Ella, Magdalena Hammond, había entrado en aquel fétido antro, llena de confianza en sus buenas intenciones, pero habíase presentado casi imperiosamente… como mujer acostumbrada a ser obedecida, y adivinaba que todo el orgullo, toda la impersonal y condescendiente persuasión y toda la fatua filantropía del mundo, serían impotentes para desviar ni en un ápice a aquel hombre de su alocada carrera hacia su destrucción. Su presencia no había hecho sino acrecentar el feroz odio a sí mismo. Su intentó de redimirle fracasaría. Experimentaba una sensación de desvalimiento rayana en la angustia. La situación asumía trágica intensidad. Habíase propuesto desviar el curso del destinó de un salvaje cowboy y se hallaba frente al rápido desmoronamiento de su vida, la condenación de su alma. La sutil conciencia del cambió en ella experimentado fue el origen de aquella fe que tanto admiraba en Stillwell, y al punto se convirtió en una simple mujer, resuelta, amable, invencible.
—Stewart, míreme usted —repitió.