Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Gene se estremeció. Ella se acercó a él, poniéndole una manó sobre el hombro. El cowboy pareció encogerse bajó el leve contactó.
—MÃreme usted —repitió.
Pero él no pudo levantar la cabeza. SentÃase abyecto, abrumado. No se atrevÃa a descubrir el abotargado y ennegrecido rostro. Su feroz postura revelaba más que cuanto podÃan haber mostrado sus facciones…, la torturadora vergüenza de un hombre orgulloso y apasionado, de un hombre que se veÃa puesto frente a frente con su propio envilecimiento, por la mujer cuya efigie habÃa entronizado en su corazón como en un altar. Ello evidenciaba su amor.
—Escuche, pues —prosiguió Magdalena, con voz insegura—. Escúcheme, Stewart. Los hombres más grandes son los que habiéndose degradado y sufrido más, supieron luchar contra sà mismos dominando sus pasiones. En mi opinión, usted puede sacudir esa desesperada apatÃa que le abruma y ser un hombre.
—¡No! —gritó.
—Escúcheme aún. Sé que es usted digno del afecto de Stillwell. ¿Quiere regresar al rancho con nosotros… por amor a él?
—No; ya le dije que es tarde.
—Stewart. Lo mejor de la vida es la fe en la naturaleza humana. Yo tengo fe en usted, y creo que merece que la tenga.