Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Lo dice… porque es buena y amable…; pero… no puede sentirlo.
—Con todo mi corazón —replicó ella, llena de vehemente ardor al notar los primeros sÃntomas de ablandamiento—. ¿Quiere usted volver… si no por usted mismo o por Stillwell… por mÃ?
—¿Qué soy yo para una mujer como usted?
—Un hombre que sufre, Stewart. Por eso he venido a ayudarle, a demostrarle mi fe en usted.
—Si pudiera creerlo, lo intentarÃa —dijo.
—Escuche —apremió suavemente—. Yo no doy mi palabra a la ligera. Sea ésta la prueba de mi fe en usted. MÃreme y diga que volverá al rancho.
Sacudió su fornida estructura como queriendo echar de sà una carga gigantesca, y lentamente, se volvió hacia ella. Su semblante era horrible a la vista. VeÃanse impresas en él todas las huellas del embrutecimiento fÃsico. En aquel instante, lo único que le pareció humano a Magdalena fue la aparición, en las vidriosas y flameantes pupilas, de una maravillosa luz.
—Iré —dijo roncamente—. Déme usted unos dÃas para rehacerme, y luego… iré.