Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Que el cowboy la amaba era para Magdalena evidente. Intentó pensar en él como en uno de los muchachos que, a su gran satisfacción, la profesaban sincero afecto. Pero no pudo regular sus pensamientos para amoldarlos al orden que su inteligencia prescribía. La imagen de Stewart se disociaba de la de los demás cowboys. Al descubrirlo, experimentó sorpresa y disgusto. Sometiéndose a un severo interrogatorio vino a sacar en conclusión que ello no obedecía a que Stewart fuese distinto de los demás, sino a que las circunstancias le ponían de relieve, destacándose del grupo general. Recordó su primer encuentro con él, aquella noche en que quiso obligarla a un matrimonio absurdo. El hecho en sí era inolvidable. Recordó otros hechos sucesivos que resultaban no menos memorables. El individuo y sus actos parecían basarse en acontecimientos. Por último, el hecho que descollaba sobre todos los demás, mostrando el interés de Magdalena por él, era que había estado a punto de perderse, a punto de arruinarse, y que ella lo había salvado. En sí, aquello bastaba para explicar su distinta manera de pensar en él. Había otorgado su amistad a otros cowboys, y contribuído a dignificarles; pero a Stewart le había salvado la vida. Cierto que era un rufián, pero una mujer no puede aún tratándose de un rufián, recordarlo sin complacencia. Magdalena dictaminó que su interés por Stewart era natural, y que en el fondo había obrado movida por un sentimiento de piedad. Acaso el primero le había sido impuesto; sin embargo, otorgaba su compasión con la misma generosidad con que la otorgaba a todos.


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