Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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La singular conducta del cowboy no podía pasar inadvertida a la joven. Le era imposible salir para sus habituales paseos sin divisarle por sus vecindades. Comprendía que vigilaba sus pasos, aunque procurando evitar un encuentro. Cuando por la tarde, o al caer el crepúsculo sentábase en el porche, Stewart no andaba nunca lejos. Barzoneaba sin rumbo al sol, desde el porche a los alojamientos, o instalábase en la barra superior de la cerca del corral descortezando ramitas, y dando siempre a Magdalena la impresión de estarla observando. En cierta ocasión, mientras ella efectuaba con el hortelano una ronda de inspección, halló a Stewart, saludándole afectuosamente. Gene habló poco, aunque sin embarazo. Magdalena no acertó a reconocer en su semblante ninguno de sus familiares rasgos. A decir verdad, cada una de las raras ocasiones en que veía de cerca a Stewart le parecía tan distinto que no conseguía formar una idea consistente de sus rasgos fisonómicos. Ahora estaba pálido, macilento, escuálido. Velaba sus pupilas una sombra a través de la que se descubría un tenue e íntimo fulgor; y, habiendo una vez observado esto, Magdalena lo comparó con la luz de los ojos de Majesty, o de sus perros favoritos. Expresó a Stewart su confianza de verle pronto a caballo, y siguió adelante.




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