Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Señorita Majestad, creo que ya en otras ocasiones he dicho cosas sorprendentemente extrañas. Pero ahora sí que Gene Stewart ha hecho una buena. Escúcheme. Los mejicanos de nuestra ladería han ido prosperando, y se multiplican como la mala hierba. Tienen padre nuevo, el curita de El Cajón, el padre Marcos. Bueno, nadie halló nada que objetar a eso, excepto Gene. Y Gene… se desató, bufando y bramando como un toro furioso. Me colmó de gozo ver que no se le había olvidado eso de ponerse furibundo. Luego avanza camino de la iglesia. Nels y yo le seguimos, pensando que acaso le hubiese acometido un ataque de locura o algo así. Desde que dejó de beber que no ha vuelto a ser el mismo. Bueno, dimos con él cuando salía de la iglesia, y… no creo nunca tener mayor sorpresa… Gene está loco…, pero de una clase de locura que nos dejó paralizados. Pasó ante nosotros como un relámpago, y… nosotros detrás aunque sin poder alcanzarle. Le oímos reír con la risa más rara que he oído en mi vida. Hubiérase dicho que acababan de hacerle rey de la pampa. Me recordó a aquel sujeto que tiraron al mar metido en un saco y consiguió libertarse ganando a nado una isla llena de tesoros y gritando al poner en ella los pies: «¡El mundo es mío!». Bueno. Cuando volvimos a su alojamiento ya se había ido. No regresó en todo el día. Frankie Slade, que tiene la lengua muy larga, dijo que en opinión suya, Gene Stewart se había vuelto loco por falta de alcohol y que ya podía contarse con los muertos. Nels estaba muy preocupado y yo más que él.


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