Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Sea. Tendré que aceptar lo inevitable, ya que me hallo en una época de agitación y algunos de mis cowboys no pueden contenerse por más tiempo. En cuanto a usted, Stewart, fuese lo que fuese en otra época, ahora ha cambiado. —Y le sonrió, prosiguiendo con voz singularmente dulce—: Stillwell alude con frecuencia a usted, denominándole el último de los cowboys a su gusto. Tengo una vaga idea del género de vida que ha llevado. Tal vez eso mismo le capacita para acaudillar a tan turbulentos muchachos. No soy yo quien puede decidir lo que procede en las actuales circunstancias. Mis cowboys corren un riesgo, mi propiedad y mi vida aun quizá se ven amenazadas. Quiero poner mi confianza en usted, ya que Stillwell, cree, y yo con él, que usted es el hombre que la situación requiere. No le daré orden alguna, pero ¿serÃa mucho pedir si le rogara que procure ser un cowboy a mi gusto?
Magdalena recordó la primitiva brutalidad y vergüenza de Stewart, y pudo apreciar la extensión del cambio experimentado por él ante el contraste que ofrecÃa su inmutable y atento rostro.
—Señorita Hammond, ¿qué clase de cowboy es… ése? —preguntó.