Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Stewart no contestó. Quedóse mirándola en respetuoso silencio. La perspicacia de la joven supo leer lo que ocultaba su aspecto indiferente, capaz de desconcertar a cualquiera. ¿Era fruto de su imaginación o había realmente en su mirada un tenue destello burlón e inescrutable? Fuese como fuese, las facciones del cowboy parecían talladas en granito.
—Stewart —dijo Magdalena, lentamente, he llegado a tomar verdadero cariño a mi rancho, y tengo también en grande aprecio a mis… a mis cowboys. Sería horrible que matasen a alguien, y más horrible aún que alguno de ellos fuera la víctima.
—Señorita Hammond, ha conseguido usted trastornar considerablemente la comarca, mas no conseguirá nunca cambiar a sus hombres. Tal y como están las cosas, el menor disturbio bastará para desencadenarles. Y la revolución mejicana tiene forzosamente que traer tiempos duros y violentos en los parajes más agrestes de la frontera. Nosotros estamos en ese caso. Y por su parte los muchachos empiezan a calentarse de cascos.