Bajo el cielo del oeste

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Fue una respuesta inmediata, mas no por eso menos imbuida de la conciencia de su responsabilidad. Esperó un momento, y, viendo que ni Stillwell ni Magdalena añadían palabra, saludó y se alejó por el sendero, haciendo repiquetear sus largas espuelas sobre la grava.

—¡Bueno! ¡Bueno! —comentó Stillwell—. ¡No le ha encargado usted nada, señorita Majestad!

—Fue un alarde de astucia femenina, Stillwell —dijo Alfredo—. Cuando éramos pequeños, mi hermana tenía una especial habilidad para conseguir siempre lo que quería. Un par de sonrisas…, algunas palabritas melosas…, algún pensamiento profundo… y ya era suyo lo que anhelaba.

—¡Al, qué reputación me estás dando! —protestó Magdalena—. Os aseguro que hablé a Stewart con absoluta sinceridad. No acabo de comprender por qué, pero tengo plena confianza en él. Parece de acero. Además me asusta un poco la perspectiva de conflictos con los vaqueros. Stillwell y tú habéis influido en mí de tal modo que considero a Stewart inapreciable. Y creí que lo más acertado era reconocer mi total desvalimiento y apelar a él en demanda de apoyo.


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