Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Después que la hubo mirado cuando ella se echo atrás el velo, no habÃa vuelto a poner los ojos en su rostro. Su cÃnica audacia se habÃa trocado en algo que o bien era exceso de emoción o esa torpeza peculiar en ciertos individuos dominados por el alcohol. No lograba estarse quieto; de su frente manaban gruesas gotas de sudor que de continuo enjugaba con una punta del pañuelo que llevaba al cuello, y su respiración era la del que acaba de efectuar violentos ejercicios fÃsicos.
—Como le digo… estaba muy… —continuo.
—Las explicaciones son innecesarias —interrumpió ella—. Estoy cansada…, extenuada. Es tarde. ¿Tiene usted la más ligera idea de lo que significa portarse como un caballero?
El broncÃneo rostro del cowboy enrojeció intensamente.
—¿Está mi hermano… en el pueblo… ahora? —prosiguió Magdalena.
—No; está en su rancho.
—Pero yo le telegrafié.
—Lo más probable es que el telegrama esté aún en su casilla en Correos. Mañana vendrá. Está embarcando ganado para Stillwell.
—Entre tanto necesito ir a un hotel. ¿Quiere usted?…