Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena permaneció de pie, trémula y encendida de furor, observando la lucha que sostenÃa este salvaje con su embriaguez. El aspecto del cowboy era el de quien recobrando súbitamente su conciencia hace esfuerzos sobrehumanos por conservarla. La joven vio su cabello empapado en sudor agitarse al impulso de la brisa a la que expuso la ardorosa cabeza. Encima de él, en la profundidad del cielo azul, vio brillar las rutilantes estrellas, que le parecieron tan irreales como todo cuanto le habÃa acontecido aquella extraña noche. AparecÃan frÃas, brillantes, lejanas, remotamente lejanas; y mirándolas, su cólera fue decreciendo hasta extinguirse, quedándose al fin extrañamente calmada.
El cowboy volvió al aposento.
—Verá usted… —empezó trabajosamente—. Estaba bastante alegre. Ha habido una fiesta… y una boda. Cuando bebo hago cosas raras. Cometà la sandez de apostar que me casarÃa con la primera muchacha que llegase al pueblo… Si no hubiese usted llevado ese velo… Los camaradas me hostigaban… y Ed Linton se acababa de casar… y aquà siempre están dispuestos a jugarse el dinero… DebÃa de estar «muy» borracho…