Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Entró en el último aposento del pasillo. La puerta carecía de aldaba o cerradura, pero la pieza era la habitación más segura de la casa o cuando menos aquella en la que se requería más tiempo para hallar a alguien escondido. Depositó sus valores en un rincón, cubriéndolos con un poco de heno, y luego, internándose entre dos pilas de balas, acurrucóse en una especie de madriguera.
Al cesar en sus movimientos, Magdalena se dio cuenta de que estaba temblando de pies a cabeza y se hallaba casi sin aliento. Sentíase la piel tirante y yerta, y sobre su pecho parecía pesar una losa de plomo. La insólita sequedad de su boca la impulsaba a deglutir con desmesurada frecuencia, y las circunstancias aguzaban extraordinariamente sus facultades auditivas. De lejanas partes del edificio llegábanle ruidos apagados. En los intervalos de silencio oía la trisca y el correteo de los ratones entre la paja. Uno de ellos saltó sobre su cabeza.