Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena perdió la fe en la eficacia de su escondrijo. Además, no querÃa correr el albur de que aquellos rufianes la hallasen en aquel oscuro aposento. ¡Era preciso salir a la luz del dÃa! Apresuradamente se incorporó, y se fue hacia la ventana. Ésta era más bien una puerta, pues se trataba de una amplia abertura que cerraban dos hojas de madera con bisagras. El pasador de hierro cedió fácilmente y una de las puertas quedó fija, en tanto que la otra se entreabrÃa algunas pulgadas. Miró afuera hacia un verde declive cubierto de flores y con macizos de salvias y matorrales. En su reducido campo visual no aparecÃan ni hombres ni caballos. Le pareció que estarÃa más a salvo ocultándose allÃ, entre los arbustos, que en la vivienda. Y con la rápida decisión experimentó una reacción moral que vino a ahuyentar su flaqueza.