Bajo el cielo del oeste

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Intentó abrir la puerta, pero no lo conseguía. Estaba probablemente descentrada, y por su parte inferior se atrancaba contra el suelo. Forcejeó con toda energía, mas en vano. Deteniéndose para tomar aliento, ardorosas las manos, y doloridas por el esfuerzo, oyó cómo estrechaban el cerco los invasores de su hogar. El miedo, la cólera y la impotencia contendían en su pecho, pugnando por alcanzar preponderancia y sumirla en la desesperación. Estaba sola y no debía confiar más que en sí misma. Y mientras, ponía hasta el último adarme de sus energías al servicio de sus músculos para abrir aquella puerta y oía las recias y hoscas voces hombrunas y el inconfundible ruido de una precipitada búsqueda, comprendió súbitamente que a quien buscaban era a ella. Estaba convencida de ello, y no le extrañaba, aunque preguntábase si en realidad era Magdalena Hammond y si era posible, que unos hombres brutales fuesen capaces de agraviarla o inferirle un daño físico. El recio y pesado ruido de pisadas en el aposento contiguo infundió a la joven la energía que presta el terror. Con manos y hombros empujó la puerta, logrando que cediese lo bastante para dejar paso a su cuerpo. Luego, subióse en el alféizar y se deslizó por la abertura. Afuera no vio a nadie. De un salto se dejó caer, corriendo luego velozmente por entre los matorrales. Mas su cobijo era muy precario. Fuese de un macizo a otro, pensando, aunque tarde, que había obrado muy a la ligera. La posición del matorral más bien la acercaba que la alejaba del frente de la casa, donde habían caballos y grupos de excitados sujetos. Con el corazón a punto de estallarle, Magdalena se agazapó cuanto pudo.


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