Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Un estridente alarido, al que siguió una precipitada carrera de los guerrilleros en busca de sus monturas, hizo renacer la esperanza en su pecho. Habían visto a los cowboys y emprendían la fuga. Los rápidos pasos que se oían en el porche demostraban que los salteadores huían de la casa. A poca distancia de Magdalena pasaron varios jinetes a galope. Uno de ellos la vio, volviéndose en su silla y gritando desaforadamente. El miedo de Magdalena se trocó en pánico. Dándose escasa cuenta de lo que hacía, echó a correr, alejándose de la casa. El terror paralizaba sus movimientos; experimentaba una sensación de invalidez similar a la que varias veces había sentido al soñar que la perseguían. Corceles y jinetes, vociferando sin cesar, pasaban como relámpagos junto a la espesura. Detrás de ella oía igualmente el atronador galope de otros caballos. Quiso apartarse, mas el estruendo se fue aproximando, hasta que sonó junto a ella.
Magdalena, cerrando los ojos y bamboleándose, estaba a punto de desplomarse bajo las mismas patas de los corceles, cuando una ruda y poderosa mano le asió por la cintura fuerte y reciamente, levantándola en alto. Al chocar contra el pecho del caballo sintió un violento golpe, y luego la dolorosa dislocación de un brazo, al tirar de ella su captor. Lo agudo del dolor nubló su vista y embotó sus sentidos.