Bajo el cielo del oeste

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Mas no perdió el conocimiento hasta el punto de no darse cuenta de que se la llevaban rápidamente. Esta noción fue la única que pudo conservar durante largo tiempo. Después, al ir recobrando sus facultades, el paso del caballo ya no era violento. De pronto no pudo determinar su posición. Al parecer, hallábase boca abajo; luego vio que estaba de cara al suelo, de lo que dedujo que debían haberla colocado atravesada sobre una silla, con la cabeza colgando. No podía mover las manos, ni precisar dónde las tenía. Notaba el contacto de cuero flexible; vio una alta y mejicana bota de montar, con un enorme espolique de plata, el humeante flanco y las patas de un caballo, y una vereda polvorienta y angosta. Luego… una nube de un rojo oscuro veló sus pupilas, y una especie de vahído adormeció las sensaciones de movimiento y de dolor.

Después de interminables horas, alguien la levantó del caballo y la dejó en el suelo, donde, gradualmente, a medida que la sangre fue refluyendo de su cabeza, aclaróse su vista y pudo llegar a una más exacta apreciación de las circunstancias.





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